La ciudad es la misma y es distinta, cobra sentido cuando tú apareces. Como fantasma de una casa vieja caminas por esquinas y por calles. Nunca logro encontrarte cuando quiero.
Reconozco tus pasos y la forma en que movías las manos, el brillo imprevisible de tus ojos para lograr romper con tus palabras.
Tengo que conformarme con la quietud de acompasar el ritmo de tu voz inconclusa: la soledad acariciada por el fuego.
Siempre regresas convirtiendo al día en una sucesión interminable de ilusiones roídas: la plenitud se vierte en el vacío.