Con cierta asiduidad, aún os evoco y me pregunto cuándo comenzamos el último viaje. ¡Tanta aventura unidos, para nunca llegar a conocernos! ¿Cuál fue la causa para tanta impericia esa torpeza en sincerarnos mejor los unos con los otros? Tal vez fuese exigencia del tiempo que vivimos guardar una distante afectación o, acaso, sólo fuera ineptitud para entender el valor de la amistad fiel. ¡Tantos años de contigua ignorancia! ¡Dios! ¿Cómo me dejé hacer eso?
Y ahora, desearía sentarme para tratar, al fin, de descubrirnos por debatir tristezas y memorias o qué esperanzas nos perduran para el resto de estancia que nos queda. ¡Qué tarde, amigos! ¡Qué tarde se nos hizo!
Sé por seguro que jamás conversaremos y en las poco posibles ocasiones que aún quedasen adoptaríamos un aire suficiente un tono irónico ficticio un reír con cualesquiera ocurrencias un fingir que disfrutamos el encuentro; pero en vigilia, sin retirar la coraza.
Así, un rictus tenue de la boca daría a entender vuestro disgusto y un parco sabor, hiriente y agrio cubriría la amargura que acarreo; porque, en verdad, en lo íntimo quisiera volver con mis amigos de antaño y hablar de las cargas que soporta este inútil discurrir de la existencia.
¡Ay, amigos!, cuanta más soledad nos cubre más querría regresar al tiempo en que la juventud nos deparaba una aventura a cada giro de la esquina; pero el tiempo —ese jodío que dicen que no existe— no deja de pasar los dientes de su rueda tic, tac, tic…
Sabed que hay cosas que me dañan pero no retener vuestra amistad más que ninguna.