EL MIEDO ES UNA SOLDADURA No habremos de poner en su debe, (en el de los sometidos y humillados), una actitud a rebosar de duda, solo por no haber activado su propia valentía, no vayamos a pecar de impíos. Ni siquiera deberemos recelar: lo que ha de hacerse es comprender. Comprender es un acto piadoso. A veces se resume solamente en un gesto: buscar otros ojos en el aire y mirarlos mirándose.
El miedo no es su culpa, no es culposo. El miedo y la esperanza están unidos y todo cabe dentro, igual que en la verdad todo es adentro. Lo cierto es que estaban amputados de sí. Cuando le ha llegado a cada uno el momento de atravesar una frontera de estupor insondable, nadie estaba en sí mismo. Nadie estaba completo, estaban fracturados. Sus temores fundidos en un crisol de carne incandescente. Una congoja de masa palpitante los cuerpos maniatados. Hasta el aire es cautivo, lo aspiran a cortas bocanadas, las gargantas ceñidas por el dogal del miedo. El miedo. El miedo. El miedo… Mil veces que dijéramos y no lo abarcaríamos. La gravedad empuja a unos sobre los otros, para –si es el caso de que fuesen a morir– hacerlo un poco menos, mitigarlo. Nada habrá que achacarles del destino.