En el parque escondido dormita el chopo blanco donde dos corazones brotan en la corteza y exhiben la nostalgia del tiempo inanimado. Las siluetas grabadas a punta de navaja sobresalen del tronco como dos excipientes de aquella primavera que detuvo el reloj.
¿Dónde está Soledad, ese amor en relieve que atravesó la flecha doliente del arquero? Dónde estarán las vidas que salieron del parque para vivir su tiempo con restos de memoria. La corteza del chopo sangra en sus meristemos como sangran las vidas que vivieron de espaldas sin dejar de soñarse y buscarse en la niebla. En el parque escondido viven los chopos blancos la cita inevitable de un reencuentro fugaz. Las yemas de los dedos recorren el contorno de los dos corazones y sienten el contacto del tiempo recobrado. Los labios entreabiertos lamen la inconsistencia de la razón de ser. Las lenguas aceleran los latidos del tiempo. Y los ojos cerrados no dan cauce a las lágrimas. El himen de la tarde vuelve a hacerse rojizo con la puesta de sol. El sexo pide audiencia. Y las manos recorren de nuevo las espaldas con el tacto encendido del resplandor aquel.
Una brizna en el pelo delata el reencuentro con la yerba obsequiosa que acoge a los amantes. Los chopos blanquecinos se mecen en la brisa. Y los dos corazones laten en la corteza con la concupiscencia del polvo en los desvanes.