Cerca de Hierro, coordinado por Antonio Marín Albalate

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Descripción


Pepe Hierro murió hace veinte años y nos dejó muy solos. Me parece muy triste tener que empezar escribiendo esa frase: "Pepe Hierro murió." Pero es verdad. Hace tiempo escribí unas líneas sobre Pepe y sobre su poema "El muerto", cuando él estaba vivo y bien vivo, más vivo que todos nosotros juntos. Son esas líneas las que ofrezco a continuación, a mayor gloria de uno de los poetas más grandes de la literatura española contemporánea.


Si hay un poeta español vivo que tiene oído para la poesía, ése es José Hierro. Si hay un poeta español vivo que tiene claro lo que quiere decir, lo que ineludiblemente ha de decir, en cada uno de sus poemas, ése es José Hierro. Parece una tontería, pero hay muchísimos poetas, algunos de ellos de campanillas, que no saben lo que es un eneasílabo. Y otros tantos que empiezan a escribir porque están aburridos y son muy delicados y sensibles, y qué otra cosa pueden hacer, pero que ignoran por completo qué va a venir después de ese primer verso que las Musas regalan, porque su escritura es oscura, y la oscuridad en poesía no es más que defecto de expresión, como han dicho, entre otros, Lope de Vega y José Hierro.

En el tomo 11 (1837) del Semanario pintoresco español que dirigía don Ramón de Mesonero Romanos figura una semblanza de

Góngora en la que, textualmente, se dice: «Entre los eminentes escritores que elevaron la poesía castellana a su más alto grado de esplendor, sobresale este vate singular, en quien vemos reunirse el gusto más delicado y la más lozana imaginación, y luego renunciar por sistema a tan nobles cualidades para fundar una secta literaria, irracional y extravagante, que por largos años hubo de dominar nuestro Parnaso». Suscribo la opinión del anónimo autor de esas líneas, probablemente el propio Mesonero. Y a qué viene la cita. Pues a que entre tanta reivindicación gongorina —del Góngora de la "secta literaria", no del otro— como hubo a cuenta de su centenario, allá por 1927, y tanto gongorino cifrado, hermético o culterano que ha tenido que padecer quien esto escribe, primero en sus propias carnes, allá por 1970, y luego en las de sus empecinados compañeros de generación, sine fine, uno agradece "el gusto delicado y la lozana imaginación" de poetas como Hierro, a quien estoy seguro de que nunca se le ha pasado por la cabeza "fundar ninguna secta irracional y extravagante", como al autor de las Soledades.

Hierro ha apostado por la auténtica poesía, la que no interroga a sí misma, ni se plantea dudas metafísicas acerca de la intensa llanura del papel de hilo en blanco, ni se pregunta de dónde viene el canto ni adónde va la sangre de la pluma, sino que fluye como un chorro de vida, como un inagotable manantial por donde el mundo brota en verso para todos los hombres, en verso claro y verdadero.

Uno de los poemas que más me gustan de José Hierro es "El muerto", perteneciente al libro Alegría (Madrid, Rialp, 1947). No lo leí en la edición príncipe, sino en un librito publicado por Afrodisio Aguado en la colección "Más allá" (la misma en la que figuraban las Elegías europeas, de Eugenio Montes, y acaso también —no tengo el libro a mano, pero, desde luego, tenía el mismo tamaño que "Más allá"— la prodigiosa Venganza de don Menda, de Muñoz Seca), que se titulaba Poesía del momento e incluía los dos primeros libros de Hierro, Tierra sin nosotros y Alegría, escritos entre 1944 y 1947, o sea, entre los veintidós y los veinticinco años, una edad estupenda para casi todo, incluso para escribir poesía.

Decía Pepe en el prólogo a Poesía del momento que admiraba sobre todo a tres poetas: Rubén Daría, Juan Ramón Jiménez y Gerardo Diego. Qué voy a decir que no sepáis de la influencia de Rubén en Juan Ramón, y de éste en la poesía española del siglo XX. La edición de Gerardo sí me parece más significativa, y desde luego debe entenderse al margen por completo del paisanaje. Para mí también es el poeta montañés el más interesante de su generación (y mira que los había buenos en esa hornada). Versos humanos, por ejemplo, publicado en 1925, me parece uno de los libros de poesía más admirables que se han escrito en lo que va de siglo. La Montaña o, mejor, Cantabria, como dicen ahora, ha dado extraordinarios poetas a la literatura española. Junto a Gerardo y Pepe Hierro, me gustaría recordar aquí al autor de Los muertos, José Luis Hidalgo, y a José del Río Sainz, el rubeniano autor de Hampa, sin duda el libro más original y divertido del Modernismo a este lado del Atlántico.

Volviendo a Alegría, el libro donde se publicó el poema "El muerto", debo decir que sí , que también yo he estado algunas veces alegre. Como la condición del hombre es la tristeza ("Cuando estoy triste, que es casi siempre", decía Juan Eduardo Cirlot en uno de sus más célebres poemas), por eso los escasos momentos de alegría son tan importantes y se recuerdan toda la vida. Los bardos primitivos aún no sabían que lo propio del hombre es estar triste, y pintaban héroes alegres en sus cantares. En un viejo poema escandinavo, alguien pronuncia el panegírico de un héroe muerto y no se le ocurre decir nada mejor de él que la siguiente frase: "Ni un solo día lo vi triste. "Y no es que el rudo vikingo que acaba de morir combate desconociera en vida la tristeza, pero al menos la disimuló lo mejor que pudo, tanto y tan bien que logró engañar a su panegirista fúnebre.

La alegría está hecha para hacernos brillar de tarde en tarde, para que nos enfoquen todas las luces de la sala de cuando en cuando. Imaginaos lo espantoso que sería estar alegre siempre, tal y como pregonan ciertas sectas. Cuando yo era pequeño, un individuo vestido de negro solía repetir en un programa de televisión la siguiente máxima: "Sed felices para hacer felices a los demás." (Y el televisor no explotaba al oír aquello, os lo aseguro.) Como si no supiésemos que la felicidad ajena es casi siempre fuente de infelicidad propia. Pondré un ejemplo: mi mujer es feliz escapándose con el abogado matrimonialista del 5°; su felicidad no es contagiosa, pues yo me quedo hecho unos zorros.

Pero no divaguemos. En el poema de Pepe Hierro quien nos habla es un muerto, alter ego ocasional del poeta. Está maravillosamente dicho desde el principio: «Aquel que ha sentido una vez en sus manos temblar la alegría / no podrá morir nunca». El muerto, una especie de muerto universal, ha llegado a semejante conclusión después de muchas reflexiones (en el reino de la muerte hay tiempo para todo). En su mundo "de noche completa", "de olvido y de sombra constante" han tenido que transcurrir muchos siglos (es un decir) para que él se dé cuenta de que, por mucho que la tierra lo cubra y nadie lo recuerde, la hierba sigue sobre él, la vida sigue sobre él, aleteando como un pájaro que ha caído del nido, latiendo como el corazón de un cachorro que acaba de nacer. Y el aire, arriba, será azul (del mismo modo que la tranquilidad puede ser violeta) y, al llegar la primavera, se romperá en gorriones y en flores blancas y doradas con las que hacer guirnaldas.

La alegría deja, al pasar, un perfume de tibia belleza entre los dedos. El muerto del poema de Pepe Hierro sorprendió alguna vez esa loca hermosura en su vuelo e hizo que el tiempo se detuviera (cosa que Fausto no consiguió, ni con ayuda del Diablo). Por eso no podrá morir nunca. Tal vez no se trate de la inmortalidad personal que ansiaba Unamuno, pero el panteísmo —esa especie de inmortalidad solidaria— resulta en el poema una solución satisfactoria. Y es que el autor de Poesía del momento, aquel librito de Afrodisio Aguado que incluía el poema "El muerto", no sólo nos transmite el pulso de la vida en todos y cada uno de sus versos, sino también la sensación de que haber conocido al hombre, además de haber leído al poeta, es una fiesta al margen de la muerte.


LUIS ALBERTO DE CUENCA